Viernes, 14 Septiembre 2007

Ciudad de Cristal.


Fragmento de la Ciudad de Cristal, novela que forma parte de la Trilogía de New York de Paul Auster, Escritor Norteamericano contemporáneo.
El pasaje es parte de la investigación que Quinn protagonista de la obra, hace con respecto al trabajo teológico de Stillman, hombre misterioso que Quinn investiga, al decidirse a suplantar a un detective privado que tiene el mismo nombre que el autor de la novela "Paul Auster".
Historia altamente recomendada por su riqueza narrativa, dominio de la maquinaria fantástica, erudicción del creador y las múltiples lecturas que brinda con respecto al tema de la identidad, desdoblamiento, necesidad existencial, alteridad y problema del viaje interno, la lógica y la lengua.

En la narración que incluyo, asistimos a una visión con respecto al mito del edén, el problema de la alteridad en américa y una visión de la caida que Milton plantea en el Paraiso perdido, pero desde una perspectiva propia de la filosofía del lenguaje.


El jardín y la torre: primeras visiones del Nuevo Mundo. Estaba dividido en dos
partes aproximadamente de la misma extensión: “El mito del paraíso” y “El mito de
Babel”. La primera se concentraba en los descubrimientos de los exploradores,
comenzando por Colón y siguiendo hasta Raleigh. El argumento de Stillman era que los
primeros hombres que visitaron América creyeron que habían encontrado
accidentalmente el paraíso, un segundo Jardín del Edén. En el relato de su tercer viaje,
por ejemplo, Colón escribe: “Porque creo que se encuentra aquí el Paraíso terrenal, al
cual nadie puede entrar excepto con el permiso de Dios.” En cuanto a las gentes de
aquella tierra, Peter Martyr escribiría ya en 1505: “Parecen vivir en ese mundo dorado
del cual hablaban tanto los escritores antiguos, en el que los hombres vivían con
sencillez e inocencia, sin imposición de leyes, sin disputas, jueces ni calumnias,
contentos tan sólo con satisfacer a la naturaleza.” O como escribía el siempre presente
Montaigne más de medio siglo después: “En mi opinión, lo que realmente vemos en
estos pueblos no sólo sobrepasa todas las imágenes que los poetas dibujaron de la Edad
de Oro, y todas las invenciones que representaban el entonces feliz estado de la
humanidad, sino también el concepto y el deseo de la filosofía misma.” Desde el
principio, según Stillman, el descubrimiento del Nuevo Mundo fue el impulso que
insufló vida al pensamiento utópico, la chispa que dio esperanzas a la perfectibilidad de
la vida humana, desde el libro de Tomás Moro de 1516 hasta la profecía de Gerónimo
de Mendieta, unos años más tarde, de que América se convertiría en un estado
teocrático ideal, una verdadera Ciudad de Dios.
Existía, sin embargo, el punto de vista contrario. Si algunos consideraban que
los indios vivían en una inocencia anterior al pecado original, había otros que los
juzgaban bestias salvajes, diablos con forma de hombres. El descubrimiento de caníbales en el Caribe no contribuyó a atenuar esta opinión. Los españoles la utilizaron
como justificación para explotar a los nativos despiadadamente para sus propios fines
mercantiles. Porque si uno no considera humano al hombre que tiene delante, se
comporta con él con menos escrúpulos. Hasta 1537, con la bula papal de Pablo III, los
indios no fueron declarados verdaderos hombres dueños de un alma. El debate, no
obstante, continuó durante varios cientos de años, culminando por una parte en el “buen
salvaje” de Locke y Rousseau -que puso los cimientos teóricos de la democracia en una
América independiente- y, por la otra, en la campaña de exterminio de los indios, en la
imperecedera creencia de que el único indio bueno era el indio muerto.
La segunda parte del libro empieza con un nuevo examen de la caída.
Apoyándose fuertemente en Milton y su relato de El paraíso perdido -como
representante de la postura puritana ortodoxa-, Stillman afirmaba que sólo después de la caída comenzó la vida humana tal y como la conocemos. Porque si en el Jardín no
existía el mal, tampoco existía el bien. Como lo expresa el propio Milton en la
Areopagitica, “fue de la piel de una manzana saboreada de donde saltaron al mundo el
bien y el mal, como dos gemelos inseparables”. La glosa de Stillman de esta frase era
extremadamente significativa. Alerta siempre a la posibilidad de juegos de palabras,
demostraba que la palabra “saborear” era en realidad una referencia a la palabra latina
“sapere”, que significaba a la vez “saborear” y “saber” y por lo tanto contenía una
referencia subliminal al árbol de la ciencia: el origen de la manzana cuyo sabor trajo al
mundo el conocimiento, es decir, el bien y el mal. Stillman se extendía también en la
paradoja de la palabra “gemelos”, que sugiere a la vez “unión” y “desunión”,
encarnando así dos significados iguales y opuestos, los cuales a su vez encarnan una
visión del lenguaje que Stillman consideraba presente en toda la obra de Milton. En El
paraíso perdido, por ejemplo, cada palabra clave tiene dos significados: uno antes de la
caída y otro después de la caída. Para ilustrar su tesis, Stillman aisló varias de estas palabras -siniestro, serpentino, delicioso- y mostró que su uso anterior a la caída estaba
libre de connotaciones morales, mientras que su uso posterior a la caída era oscuro,
ambiguo, informado por el conocimiento del mal. La única tarea de Adán en el Edén
había sido inventar el lenguaje, ponerle nombre a cada criatura y cada cosa. En aquel
estado de inocencia, su lengua había ido derecha al corazón del mundo. Sus palabras no
habían sido simplemente añadidas a las cosas que veía, sino que revelaban su esencia,
literalmente les daban vida. Una cosa y su nombre eran intercambiables. Después de la
caída, esto ya no era cierto. Los nombres se separaron de las cosas; las palabras
degeneraron en una colección de signos arbitrarios; el lenguaje quedó apartado de Dios.
La historia del Edén, por lo tanto, no sólo narra la caída del hombre, sino la caída del
lenguaje.
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